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Merlí, una oda a la revolución desde la Educación

Merlí es un personaje al que amar y odiar a la vez. Un verdadero “antihéroe”

Una de las noticias seriéfilas para este 2018 es la irrupción de Movistar Plus en el terreno de la producción propia, con ficciones de calidad como ‘La Zona’, ‘La Peste’, ‘Vergüenza’ o la recién estrenada ‘Félix’. También las cadenas españolas en abierto, sobre todo Atresmedia, parece querer seguir este camino y arriesga con ‘Apaches’ o la inevitablemente polémica ‘Fariña’. Pero hay una serie que se sale de esta norma, siendo una de las grandes desconocidas de nuestra televisión y, paradójicamente, la más carismática. Hablo de ‘Merlí’, emitida en TV3 y que llegó a su final a principios de año. Ha tenido tres temporadas.

‘Merlí’ -no confundir con el famoso mago Merlín ni ninguno de los contenidos que derivan de este personaje- cuenta la historia de un cincuentón separado y profesor de filosofía de instituto y de sus alumnos. La serie, en su primera temporada, comienza con la llegada de éste al centro educativo donde, precisamente, estudia Bruno, su hijo adolescente, con el que no mantiene ningún tipo de relación. Bruno vive con su madre, pero ésta se marcha a Italia, con lo que el adolescente, para poder quedarse en Barcelona, acaba yéndose a vivir con su padre. Los dos, sin hablarse, se mudan al piso de la madre de Merlí, una veterana actriz.

Con este punto de partida comienza la serie, que va desgranando la relación familiar entre Merlí -interpretado brillantemente por Francesc Orella– y su hijo Bruno y, por otro lado, la relación entre Merlí y sus alumnos. Así se configura este excelente personaje, un personaje que a través de su forma libertina de ver la vida acaba contagiándosela a sus alumnos, con lo que se transforma en un referente y en un segundo padre para ellos. Pero esta fórmula no funciona con su hijo, con el que Merlí no sabe ejercer una relación padre-hijo.

Es el héroe capaz de salvar todo lo le propongan sus pupilos, pero que no es capaz de hacerlo dentro de su propio entorno, dado que las características que le consagran a ese estatus no sirven en la vida real: la sinceridad extrema, la despreocupación de las consecuencias de sus acciones, su egoísmo, su predilección por lo políticamente incorrecto, de lo subversivo… En resumen, su capacidad para sentirse libre, motivo de envidias constantes al igual que de alabanzas. Merlí es un personaje al que amar y odiar a la vez. Un verdadero “antihéroe”.

La serie es todo un verdadero y sincero alegato a favor del inconformismo

Pero quizá lo más significativo de ‘Merlí’ es el mensaje que lanza, más aún destacable en estos tiempos que corren. La serie es todo un verdadero y sincero alegato a favor del inconformismo, de la revolución, de la transformación del sistema. Del despertar del aletargamiento. Y lo hace desde la Educación. Desde la Filosofía.

Cada capítulo -bajo el título de un ilustre pensador- se configura como una lección dada a los alumnos en cada sesión y ésta es perfectamente extrapolable al espectador. Cada una de las enseñanzas adoptan una forma global como cuestión fundamental, que son tratadas en las distintas tramas de los personajes, bien principales o secundarios, que en igualdad de condiciones, son protagonistas de sus vidas con sus miserias, sus dramas, sus inquietudes y sus miedos. La audiencia permanece como testigo del proceso de evolución y madurez de estos adolescentes, que movidos por su profesor, acaban por interiorizar ciertos valores que éste les ofrece de la manera más efectiva posible: mostrándoles la realidad. ¿Cómo? Atreviéndose a decirles la verdad, aunque sea incómoda o dura.

Con todo ello, me atrevo a decir que ‘Merlí’ es una serie culta. No es que se hable constantemente de historia, de política, de la sociedad, sino que nos hace cuestionar la historia, la política, la sociedad desde la ética y la filosofía como puntos de partida para reflexionar y para, por supuesto, elevar a crítica la actualidad.

Deja entrever las consecuencias de los recortes en la Sanidad, entre otras muchas cuestiones

Incluso la música en off que alegra la serie es clásica (sin ir más lejos, la introducción está aderezada con ‘El vuelo del moscardón’ de Rimski-Kórsakov). ¡Se habla hasta del ‘procés’ de Cataluña! Y desde los dos extremos, mostrando de manera razonada cada uno de los supuestos y llegando a ridiculizarlos cuando son invadidos por la incoherencia y no se aplica el razonamiento. También deja entrever las consecuencias de los recortes en la Sanidad, entre otras muchas cuestiones que a pesar de conformar la actualidad, no se ven en ninguna ficción española. ‘Merlí’ es una serie tremendamente realista y goza de sentido común.

Y si eso fuera poco, la serie se corona con dos capítulos finales magistrales que, a modo de despedida, eleva a los alumnos como los fieles discípulos de Merlí y a Merlí como el gran pensador que ha sido para ellos, dando constancia -en forma de títulos- de que todo está ya aprendido, pues el fin del curso es evidente (y de la serie también). Y nosotros, como espectador, nos convertimos en uno más de los peripatéticos, que es como se hacía llamar este grupo de estudiantes. Con el final sentimos la misma conexión nostálgica que todos ellos hacia la época del instituto, donde aprendimos todo. Y como nos enseñó Merlí, lo aprendido es una forma de seguir aprendiendo que el mundo no está ahí para cambiarlo, sino para cuestionarlo. Que solo siendo críticos podremos ser libres. Y sólo a través de la duda, seguirá habiendo esperanza de que las cosas pueden cambiar. O no. En cualquier caso, pensar que se puede es una forma de romper ya con la establecido.

PD: El final es lo que más división ha generado entre los fans de la ficción. Solo ha habido un final para mí digno de alabar, el de ‘Los Soprano’. Pero ahora sumaré a mi lista el de ‘Merlí’.

Gracias, profe. Hasta siempre.

‘Merlí’, una oda a la revolución desde la Educación
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